Descubriendo el Parque Natural Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas

Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas

Las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas es uno de esos territorios en los que merece observar el paisaje con más atención. A simple vista destacan sus extensos bosques, sus grandes cañones fluviales y la sensación de inmensidad que acompaña a cada recorrido. Sin embargo, basta con pasar unos días explorando sus rincones menos conocidos para descubrir que la verdadera singularidad de estas montañas se encuentra mucho más abajo, en la roca que las sustenta.

Durante cuatro jornadas recorriendo algunos de los enclaves más representativos de estas sierras —desde los acebales de Las Acebeas hasta la altiplanicie de Hernán Perea, pasando por el Río Borosa o el nacimiento del Segura— fuimos comprendiendo cómo la geología ha condicionado cada elemento del paisaje. Los bosques, los ríos, los endemismos botánicos, las actividades humanas e incluso la distribución de la fauna tienen su origen en una historia que comenzó hace millones de años, bajo las aguas de un antiguo mar.

En este viaje descubrimos que las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas no son únicamente uno de los espacios naturales más importantes de la península ibérica. Son también un extraordinario laboratorio natural donde resulta posible entender cómo la interacción entre roca, agua, clima y tiempo ha dado lugar a uno de los territorios con mayor diversidad ecológica de Europa.

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Un paisaje nacido en el fondo del mar

Para comprender las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas es necesario remontarse 200 millones de años atrás, a una época en la que este territorio no estaba cubierto por bosques ni atravesado por ríos, sino sumergido bajo las aguas de un mar cálido y poco profundo: el mar de Tetis.

Durante el Mesozoico, la acumulación de sedimentos marinos dio lugar a enormes espesores de calizas y dolomías. Mucho más tarde, durante la formación de las Cordilleras Béticas, el choque de las placas tectónicas elevó y plegó aquellos antiguos fondos marinos hasta convertirlos en las montañas que hoy dominan el noreste de Jaén.

Las huellas de esa historia siguen siendo visibles en numerosos puntos del territorio. A lo largo del Río Borosa, por ejemplo, observamos algunos de los plegamientos más espectaculares de toda la cordillera. Estratos que se depositaron horizontalmente bajo el mar aparecen hoy inclinados o casi verticales, retorcidos por fuerzas geológicas que actuaron durante millones de años.

Pero la construcción de estas montañas fue solo el comienzo. Desde entonces, el agua ha continuado modelando lentamente el paisaje.

La roca que modeló el agua

La caliza es la gran protagonista de estas sierras. Su lenta disolución por el agua de lluvia ha dado lugar a uno de los paisajes kársticos más variados de la península ibérica.

Durante el viaje encontramos numerosas manifestaciones de este fenómeno: lapiaces que cubren las cumbres como una piel de piedra agrietada, dolinas dispersas por los altiplanos, profundas simas y surgencias, donde el agua vuelve a emerger tras recorrer largos trayectos subterráneos.

En las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, muchos ríos comienzan mucho antes de hacerse visibles. El agua se infiltra en la roca, circula por complejas redes subterráneas y reaparece kilómetros más adelante en nacimientos y manantiales.

Esta dinámica explica uno de los rasgos más singulares del territorio: aquí nacen dos de los grandes ríos de la península ibérica, el Guadalquivir y el Segura. El primero inicia su viaje hacia el Atlántico; el segundo lo hace hacia el Mediterráneo.

Desde algunos de los puntos más elevados de la sierra resulta fácil comprender la magnitud de este fenómeno. Una misma nube puede descargar sobre una misma montaña y, dependiendo de dónde caigan las gotas, el agua terminará recorriendo miles de kilómetros hacia mares distintos.

La biodiversidad que nació de la roca

La extraordinaria riqueza biológica de estas sierras no puede entenderse sin su geología.

La combinación de grandes desniveles, abundancia de agua, diversidad de orientaciones y una compleja red de microhábitats ha favorecido la aparición de uno de los mosaicos ecológicos más ricos de Europa occidental.

Se han catalogado más de 2.300 especies de plantas superiores, entre ellas decenas de endemismos exclusivos de estas montañas. Algunas, como la violeta de Cazorla (Viola cazorlensis) o la grasilla de Cazorla (Pinguicula vallisneriifolia), no existen en ningún otro lugar del planeta.

La primera prospera en paredes rocosas inaccesibles, mientras que la segunda ha desarrollado una estrategia poco habitual en nuestras latitudes: es una planta carnívora capaz de capturar pequeños insectos mediante hojas cubiertas de glándulas adhesivas.

Más allá de los endemismos, estas sierras albergan una extraordinaria variedad de comunidades vegetales. Bosques mediterráneos, pinares de montaña, sabinares, acebales y formaciones húmedas conviven en un territorio donde las diferencias de altitud y orientación generan condiciones muy distintas a pocos kilómetros de distancia.

Las Acebeas: un refugio para los bosques europeos

Uno de los lugares que mejor ilustra esta diversidad es Las Acebeas.

Nuestra primera jornada comenzó recorriendo este singular enclave situado en la sierra de Segura. La ruta, que asciende hasta la cumbre de Navalperal, atraviesa uno de los mejores acebedales conservados de la península ibérica.

Caminar entre grandes ejemplares de acebos, avellanos y pinos salgareños produce una sensación difícil de asociar con la imagen que muchas personas tienen de Andalucía. El ambiente es húmedo, sombrío y fresco, más próximo al de algunos bosques del norte peninsular que al de los montes mediterráneos.

La explicación se encuentra nuevamente en la historia climática del territorio.

Durante las últimas glaciaciones, muchas especies propias de ambientes templados encontraron refugio en montañas del sur de Europa donde las condiciones seguían siendo favorables. Las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas constituyeron uno de esos refugios.

Cuando el clima volvió a suavizarse y los hielos retrocedieron, numerosas especies iniciaron desde aquí su expansión hacia el norte del continente. Por ello, Las Acebeas pueden entenderse como un auténtico refugio biológico que ha contribuido a preservar parte del patrimonio forestal europeo.

Desde la cumbre del Navalperal, a más de 1.600 metros de altitud, las vistas permiten comprender la escala de un territorio donde la geología, el clima y la biodiversidad llevan millones de años interactuando.

Si os interesa la ruta tal como la hicimos, podéis seguirla desde el enlace de Wikiloc que os compartimos a continuación, creada por PJCastro.

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Hernán Pelea: la gran altiplanicie kárstica

Al día siguiente nos adentramos en los Campos de Hernán Pelea, uno de los paisajes más sorprendentes de todo el viaje.

A una altitud media cercana a los 1.600 metros, esta extensa altiplanicie kárstica constituye uno de los espacios abiertos más singulares de la península ibérica. El bosque desaparece y da paso a un horizonte dominado por praderas de montaña, matorrales dispersos y grandes depresiones excavadas en la roca.

Las dolinas y los llamados sorbedores aparecen repartidos por todo el paisaje, recordándonos constantemente que bajo nuestros pies existe un complejo sistema subterráneo por el que circula gran parte del agua que alimenta los ríos de estas sierras.

Las condiciones climáticas también son extremas. Durante el invierno los campos registran las temperaturas más bajas del sur de España: ¡hasta -28ºC!

A pesar de ello, sigue siendo un territorio estrechamente ligado a la actividad humana. Durante siglos, estos pastos de altura han sido aprovechados por la ganadería trashumante. Todavía hoy algunos rebaños realizan desplazamientos estacionales siguiendo antiguas vías pecuarias, manteniendo viva una práctica que ha modelado el paisaje durante generaciones.

El nacimiento del Segura

Muy cerca de Pontones visitamos otro de los lugares que mejor permiten comprender el funcionamiento del karst: el nacimiento del Río Segura.

A diferencia de la imagen clásica de un manantial que brota directamente de una grieta en la roca, aquí el agua emerge desde una compleja red subterránea mediante una estructura de tipo sifón.

Ante nosotras aparece una gran poza rodeada de paredes calizas, donde el agua surge desde las profundidades antes de iniciar su recorrido hacia el Mediterráneo.

Resulta difícil observar este lugar sin pensar en el largo viaje previo que ha realizado cada gota de agua bajo tierra antes de volver a ver la luz.

El Borosa: agua, bosque y piedra

Si hay un lugar donde todas las piezas terminan de encajar, ese es el Río Borosa.

A lo largo de su recorrido observamos cómo la geología condiciona cada aspecto del paisaje. Los grandes plegamientos visibles junto al sendero revelan la historia tectónica de las montañas, mientras que el agua ha excavado profundos cañones y estrechos pasillos fluviales entre las paredes calizas.

Uno de los tramos más espectaculares es la Cerrada de Elías, donde el río se encajona entre paredones húmedos cubiertos de musgos, helechos y vegetación exuberante.

En estos ambientes prosperan algunas de las comunidades vegetales más singulares del territorio, conocidas como bosque lauroide o selva mediterránea. Madroños, durillos, madreselvas y otras especies forman un entramado vegetal que recuerda a ecosistemas mucho más húmedos.

La calidad del agua y la complejidad de estos hábitats permiten la presencia de especies como la nutria, el mirlo acuático, el martín pescador o la trucha autóctona.

Todo parece estar conectado. La roca condiciona el agua; el agua crea los microclimas; y esos microclimas permiten la existencia de una biodiversidad excepcional.

La memoria de los bosques

Las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas no pueden entenderse únicamente desde la naturaleza. También son el resultado de siglos de relación entre las personas y el monte.

Durante el siglo XVIII, la Corona impulsó la explotación forestal de estas montañas para abastecer de madera a la Armada. Miles de troncos descendieron por los ríos guiados por gancheros hasta los grandes arsenales del Mediterráneo.

Más tarde, durante buena parte del siglo XX, la demanda de madera para traviesas ferroviarias y otros usos industriales favoreció extensas repoblaciones forestales y una intensa actividad económica ligada al aprovechamiento del monte.

La visita al Centro de Interpretación de la Cultura de la Madera nos permitió comprender mejor la importancia que tuvieron oficios como los pineros, resineros o carboneros en la construcción de la identidad de estas sierras.

Junto a esta memoria productiva permanece también el recuerdo de los profundos cambios sociales que vivieron muchas aldeas y cortijadas durante el siglo XX, cuando parte de la población abandonó los núcleos más aislados de la montaña.

El regreso del quebrantahuesos

Entre todos los símbolos de recuperación ecológica del territorio, pocos resultan tan representativos como el quebrantahuesos (Gypaetus barbatus).

Esta gran rapaz desapareció de las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas durante la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, décadas de trabajo en conservación han permitido su regreso.

Hoy vuelve a sobrevolar estas montañas, convertido en uno de los mejores indicadores del buen estado ecológico de los ecosistemas de alta montaña.

Su presencia recuerda que la conservación no consiste únicamente en proteger paisajes, sino también en recuperar procesos ecológicos y relaciones que durante un tiempo parecieron perdidas.

Un territorio donde todo está conectado

Al finalizar el viaje nos quedó la sensación de haber recorrido un territorio que se entiende mejor cuando se observa como un conjunto.

La geología explica la forma de las montañas. Las montañas condicionan el agua. El agua determina la vegetación. La vegetación influye en la fauna. Y todos estos elementos han marcado, durante siglos, la forma en que las personas han habitado y aprovechado estas sierras.

Las Acebeas, los Campos de Hernán Pelea, el nacimiento del Segura o el Río Borosa son lugares muy distintos entre sí, pero todos forman parte de una misma historia.

Una historia escrita en piedra, modelada por el agua y conservada en algunos de los paisajes más singulares de la península ibérica.

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